Francisco y el tren del mediodía

A Pacho, Un fueguito de esos queardió la vida con tantas ganas que nos encendió a todos.

burriviejitren

La gran afición de Florencia venía probablemente de su nacimiento. Había venido al mundo en un tren y, quizá gracias a eso, amaba el movimiento. Mientras su madre sostenía un mapa en las manos las contracciones no dieron espera, decenas de turistas la miraban con el congelamiento inútil de todo espectador de lo imprevisto y ella supo acomodarse al final del vagón, cerrar los ojos y respirar. Once minutos más tarde el mundo celebraba un nuevo ser humano, Florencia. Justamente la ciudad a la que se dirigía su madre.

Sólo a ella se le hubiera ocurrido irse de viaje con un bebé a bordo de su enorme y feliz barriga. Lo cierto es que en teoría faltaban dos meses para el parto, pero fue la emoción del movimiento lo que hizo que Florencia naciera antes de lo programado, o al menos así era como a su madre le gustaba contar la historia.

Finalmente, por casualidad o divino capricho, un tren le dio la luz, por eso Florencia creía que el mejor sistema para viajar era la lentitud, la posibilidad de demorarse manteniendo el rumbo, como en una tranquila meditación.

Lunes

Aquel día era importante, después de discutir auto reproches y condescendencias por meses, Florencia había decidido buscarse un trabajo como profesora de español. Atrás quedarían las tardes dulces de letargo. Decía no entender la ciudad, tantas ciudades en una. Tampoco entendía su país, de tanto estar aquí y allá el país que menos entendía era su cuerpo.

La idea de viajar al centro durante una hora y media no le parecía muy atractiva, era foránea una vez más, pero de sobra sabía que su hogar era cualquier lugar cerca del mar. Iban a ser tres horas diarias en tren, esa era la parte divertida. Tres horas era el costo de la distancia, noventa minutos mientras se alejaba y noventa minutos mientras regresaba a aquella cabaña cerca de la playa donde ahora vivía.

Para poder estar a tiempo, debía tomar el tren del medio día, esa idea le gustaba. El medio día es el momento de menos actividad en las estaciones de tren lejanas. Con un poco de suerte podría asistir al momento más silencioso de la estación y eso para ella, abría algo como un espacio limpio donde un cigarrillo le dibujaba y le desdibujaba los mejores recuerdos.

Mientras el tren se alistaba en la plataforma, saco un cigarrillo de su abrigo rojo, pero no lograba encontrar el encendedor. Nada qué hacer, lo había olvidado. Miró al cielo en una reacción automática por preguntarse en qué lugar de su ordenado caos podría estar; estaba muy azul y despejado, “tanto tiempo sin mirar al cielo”, suspiró.

—Eh, bonita ¿necesitas fuego? —dijo un hombre a dos metros de distancia.

Tenía una camisa amarilla un poco desgastada y una boina roja. Lo que Florencia no resistió fue ver que el fuego que le ofrecía, en realidad parecía tenerlo en la mirada, eran unos ojos negros vidriosos y agudos, unos ojos que sonreían con burla.

En la ciudad no se sabe demasiado de qué lado está el miedo, Florencia se sobresaltó y fingió interés en un cartel que publicitaba algún concierto. Justo en ese instante el tren abrió sus puertas. Lo abordo sin mirar atrás, pero sintiendo esa mirada sobre su espalda, cubrió su cabeza con la capucha del abrigo y pretendió que la indiferencia le ayudaría a dominar el miedo.

Martes

Tomar decisiones le había hecho sentir que comenzaba un tiempo diferente, más retador, más bello y amenazante a la vez. Era su segundo día de trabajo y esta vez llevaba el encendedor para hacer subir hilitos de humo mientras esperaba. Llegar con tiempo de sobra ocasionaba un espera adrede, algo así como un paréntesis.

Al ingresar a la estación notó que en el largo túnel que comunicaba la calle con la plataforma se escuchaba el eco de un saxofón, la música la estremeció, era tan rítmica y sensual. Sintió algo semejante a una torsión. Sin dolor ni malestar. Se acercó. Era él. El chico de la boina roja tocaba el saxofón mientras movía todo su cuerpo en un baile gracioso pero espontáneo, esta vez Florencia no se asustó, le encantaba bailar. El chico tenía los ojos cerrados y estaba embelesado en su dorado instrumento de viento.

Ella sonrío y arrojó un par de monedas en el estuche. Él se detuvo, la atravesó. Fue algo más que una mirada.

—Sabía que te vería hoy —miró a ambos lados como si fuera a decirle un secreto —. Fuera de toda brújula, tú y yo, estamos aquí mirándonos. Tendríamos que hacer algo al respecto.

Cómo podía alguien ser tan atrevido, ahora tendría que encontrárselo cada día y escuchar sus absurdos comentarios. Totalmente intimidada, Florencia miró hacía el suelo y se fue.

— ¡Gracias! —gritó el chico —. No es música para todos los cuerpos, no todos los oídos descubren océanos donde refugiarse.

Era un hecho, el tipo estaba loco.

Miércoles

Llovía. La lluvia de algún modo hace que el tiempo ande más rápido. Florencia iba retrasada y tendría que abordar el tren de las doce y media. Mientras corría iba dejando huellas de agua en el pavimento. El sonido del saxofón iba creciendo. Aquel día la música era suave, más bien melancólica como para hacerle honor a la lluvia. Paso por su lado sin mirarlo, un sonido escandaloso le corto el impulso y se dio cuenta que la caja de tizas que llevaba en su bolso había salido volando. Ella se quedó inmóvil. Él se detuvo, recogió cada color y metió las tizas en la caja. Se la entregó. Ella no le dio las gracias.

— Algún día, sabes —dijo él. Voy a dibujar algo en esta larga pared. La gente como tú sabrá mirarlo.

Florencia echó a correr.

Jueves

Amaba los días grises. Los días así tienen una quietud extraña. Parece como si se estuviera inventando todo de nuevo. A Florencia le gustaba tomar el aire frio de la mañana y llenarse los pulmones de ese aire transparente, ese aire que la hacía sentir como un globo feliz.

Rumbo a la estación compró un helado. Con todas las ganas de la primera lamida soltó un “mmm” abierto desde el pecho y, el sol comenzó a reventar en su pelo. No se había dado cuenta de todo el tiempo que llevaba en silencio. Ese momento era belleza, un helado, tan efímero y aun así le atravesaba todo el cuerpo, la implicaba toda, le revelaba cosas. Descubrió que algo le hacía falta, algo que no sabía ni creía querer. Algo bonito, algo simple, algo útil. Una necesidad, necesidad de amar y ser amada. Sintió como si hubiera estado huyendo.

Entró a la estación dispuesta a regalar una sonrisa o tal vez más, tal vez saludar, hablar del clima o preguntar la hora. Tal vez ofrecer un cigarrillo y la suela de su propio zapato para apagarlo.

En la estación no había nadie.

Un cigarrillo. Dos gaviotas. El tren del medio día. El asiento con ventana. El mar. “La mar suena mejor”, pensó.

Tal vez ser de un determinado lugar consiste en eso: no comprender en qué consiste. Ya no quería pensar. Por eso le gustaba tanto mirar por la ventana; en el vuelo de los pájaros no se leía nada más que el vuelo de los pájaros.

Viernes

Doce del día. Allí estaba ella, puntual como un pájaro. Sentada, mirándose las líneas de la mano. Miró aquí, miró allá, esculco los bolsillos de su abrigo, encendió un cigarrillo. El tren abrió sus puertas, Florencia sintió un aleteo en el centro del estómago. El tren comenzó a andar en un impulso lento y lo vio. La boina roja, la camisa amarilla y el saxofón colgado en su pecho, era como una fotografía, intacto, recostado sobre una columna de la plataforma donde caía el sol, parecía disfrutarlo. Sonreía, le sonreía a ella. ¿Cuántas posibilidades caben en una mirada? Las posibilidades se entremezclan a la velocidad de la luz como imágenes, como futuros que se extinguen al segundo de ser concebidos. Dos desconocidos sosteniendo la mirada, era como un juego. ¿Quién se rendiría primero? El menos inocente quizá, pues contempla la magnitud del juego y sabe que un par de pupilas hambrientas desean adivinar la vida del otro, la edad de su iris, las historias de sus retinas.

Algo se iluminó en ella, esta vez su silencio era elocuente, cuando volvieran a encontrarse habría un puente entre ambos, una complicidad. Por eso los trenes son un invento fascinante, son máquinas para perpetuar miradas. El invento insignia de la revolución industrial es realmente un campo de juego donde las causas y los azares se entretejen cotidianos e invisibles.

Sábado

Siete de la noche. El mar. Florencia ya tenía varios vinos entre pecho y espalda cuando sintió la necesidad de pronunciar su nombre. Tal vez se llamaba Marcos, Lucas, Emilio, Manuel, Miguel, Pedro, Nicolás o Pablo. “El chico de los ojos de tiza”, pensó.

Domingo

Una taza de té. Sentir el sabor amargo en la lengua, cerrar los ojos e imaginar un elefante gris bajo la lluvia oriental. Florencia no podía dejar de pensar en esos ojos negros y líquidos que desde el vidrio le enviaban señales. Pensaba si lo había visto antes, en otra ciudad, en algún aeropuerto o en el mismo vagón. O si quizá, habrían tomado café en la misma terraza hace dos años. Se preguntaba si tenía un corazón, dos corazones, cinco corazones, mil corazones transparentes que palpitaban al compás de su extraño baile y eran capaces de dar fuego para encender un cigarrillo, si le gustaban los peces, las calles, los perros, los árboles, el jengibre, las piedras, los caminos y los barcos, si tal vez se llamaba Marcos, Lucas, Emilio, Manuel, Miguel, Pedro, Nicolás o Pablo.

Lunes

Doce y media del día. Florencia cruzaba las esquinas corriendo. Era tarde, el tren del medio día ya había partido y ella sólo pensaba en que no sabía el nombre de aquel extraño. Entre la sinfonía de bocinas se distinguía la sirena de una ambulancia, Florencia desaceleró el paso.

Y entonces ocurrió: bruscamente a quince pasos de ella nada más, un bicicleta doblada y clavada en las llantas traseras de un camión. Florencia dio unos pasos torpes en dirección al camión, se detuvo y, vio el saxofón en el suelo. Los policías manoteando porque no había nada que ver, porque ahí no había pasado nada. Todo el mundo impávido, con lanzando miradas insolentes y afanosas desde sus autos, apretando la bocina, dejando apenas un espacio entre unos y otros en una calle que no tenía espacio más que para autos grandes, pequeños, de todos los colores pero sólo autos.

Una sábana blanca dejaba entre ver una mano cubierta de polvo color naranja y, cuando apenas la separaban dos metros de él, echó a correr. Sólo quería pronunciar su nombre, le dolía la garganta, quería gritar su nombre a los cuatro vientos, a los siete mares y los 20 pesos que costaba el pasaje del tren, cualquier tren a cualquier lugar. Ella nunca pronunció el suyo.

Florencia corría, en su pecho había cuatro velocidades que la conducían a millón a un mismo lugar donde se armonizara lo visible con lo invisible. Sentía las piernas calientes, tenía que cruzar la esquina, abordar un tren y encontrar una ciudad nueva o por lo menos distinta. Llegar al mar, sacarse los zapatos, sentarse cerca a la orilla, sentirse irrisoria y encontrar un faro. El túnel de la estación le parecía una profunda avenida sin sentido hasta que vio la pared. Era un dibujo en tiza, la luz del sol aún dejaba ver el polvillo fresco flotando. Era una chica con un abrigo de capucha roja que sostenía un cigarrillo y lo tapaba con una mano para encenderlo. A su lado un dragón naranja de ojos muy negros le ofrecía fuego con su boca. Más abajo en un ángulo firmaba, «Francisco»

bicipacho

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7 thoughts on “Francisco y el tren del mediodía

  1. Hace mucho tiempo te leo y me gusta lo que escribes. Pero este me ha dejado fría, sentí como si un rayo me hubiera atravesado. Hermoso.

  2. Hace mucho tiempo te leo y me gusta lo que escribes. Pero este me ha dejado fría, sentí como si un rayo me hubiera atravesado. Hermoso.

  3. Estoy metida en una oficina, aburrida, por renunciar.
    Relatos como éstos, me transportan y me dan ganas de salir a tomar cualquier tren y perderme…

  4. Imagina que vas por un río que desemboca
    a cientos de kilómetros
    y sientes que atrás queda una parte de ti que se aleja

    Quieres ir en contra de la corriente hasta su nacimiento,
    y te preguntas: ¿Qué hago yo aquí?
    La respuesta inmediata no es clara, ni siquiera tienes una convincente

    El vapor continua su marcha parando frecuentemente
    a recoger en la orilla burros de leña
    con los cuales alimentará su inquietante caldera

    Mientras tanto tú en proa
    nutres respuesta con equívocos
    que atribuyes a tu propia naturaleza

    Errare humanum est, sed perseverare diabolicum –

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