Todas las mujeres por el precio de una

-A mí me pasó. Tenía 18 y estábamos en una fiesta en casa de un amigo.
-¿Te violaron?
-No me dejé
-¿Y cómo te salvaste?
-Me defendí, grité y me escucharon.
-A mí también me pasó, un amigo de papá.
-Yo nunca lo conté en mi casa, pero fue un tío.
-Y a mí -dice otra- un compañero de trabajo
-Yo tenía 7 años. Tal vez por eso soy lesbiana

¡jajajaja! Reímos todas. Pero luego lo vemos: en una mesa de 5 mujeres, todas de edades  y profesiones distintas. Todas, teníamos una historia de abuso o agresión sexual.  De eso,  hace ya 3 años. Trabajaba en una organización gubernamental con temas de derechos humanos, ese día habíamos salido de la oficina muy tarde y decidimos ir a tomarnos unas cervezas juntas. Hablábamos de nosotras, de las otras, de todas y es que cuando una habla de una (en realidad yo sigo diciendo uno porque no me parece excluyente) es como si hablara de todas a la vez.

Porque siempre ocurre lo mismo; con conocidas, desconocidas o recién conocidas hay un momento de íntima complicidad en que nos sonreímos y nos decimos “yo también”.

Vía solarsisterss.tumblr.com

Vía solarsisterss.tumblr.com

¿Yo también qué? Que yo también soy como vos, que a mí también me pasó, que yo también soy una pero siento que soy tantas a la vez. Y entonces, vienen más historias, en las que coincidimos, porque somos más que eso de sentirnos vulneradas, somos más.

Somos mujeres que cada mañana preguntan al del lado ¿soñaste, qué soñaste? Solo para poder contarle lo que ellas han visto, lo que creen que significa la visión onírica de verse a sí misma embarazada o como capitán de un barco en una tormenta de altamar.

Mujeres que se muerden las uñas y esconden las manos porque muy a pesar de la libertad con que tiran la piedra siguen pensando en el qué dirán aunque parezca que ya no. Aunque se pinten las uñas de rojo solo para tener qué morder durante las crisis de ansiedad que supone el vértigo, el dulce vértigo.

Mujeres que miran al espejo y se hablan bonito, que se refugian en sí mismas, como la tierra. Mujeres que siguen pensando que decir gorda o fea es un insulto, como si no fuera un veneno que echan en su propio vaso esperando que alguien más muera.

Mujeres vampiro que matan de la curiosidad, que matan. Que dan la impresión de ser algo más, pero no. Mujeres vampiro.

Mujeres de piernas abiertas, accesibles; puertas de acceso a otros mundos. De piel despierta, que al tocarlas se abren, pero que corren el riesgo de  agrietarse, de fragmentarse porque se expanden hacia afuera. Mujeres de boca abierta, en cuyas palabras ocurre la erosión y son magnéticas.

Mujeres volcán tan vulnerables como la espuma de una cerveza quizá porque ya han ido al centro caliente de la tierra y han parido la alquimia lenta que es la humanidad.

Mujeres impenetrables, como paredes, no como troncos de madera; oscurecidas por factores externos y el paso del tiempo ¿Hay alguien ahí dentro?

Mujeres de voces frágiles, que se esfuman en el silencio como esas ondas de agua que se generan al arrojar una piedra plana sobre la superficie. Mujeres de superficie, condenadas por ellas mismas a lucir siempre igual porque su belleza de porcelana nunca les concedió el beneficio de los ciclos: la soledad de la bruja que con los días se convierte en maga. La exploración de la maga que se transforma en niña y vuelve a empezar.

Agustina Guerrero

Por Agustina Guerrero

Mujeres que gritan, que meditan que jajaja, mujeres centro de atención de la mesa, mujeres tan guarras como certeras, de sentido del humor negro e intelecto afilado. Que sangran, pero también lloran, y florecen precisamente por eso, por sangrantes, por enardecidas.

Mujeres caviladoras, métricas; cuyo ritmo está lleno de sentido. Necesarias, exigentes, necesarias.

Mujeres hastío que mudan de piel por tanta pasión. Imprescindibles.

Mujeres que a ellos les dicen lo que quieren escuchar, a pesar de no estar muy seguras de lo que dicen, pero a sabiendas del resultado que van a generar. Las dueñas del mundo. Las mismas que saben ponerse en estado de indefensión. Camaleonas, camaleoneras.

Mujeres de envidia que se rechazan a sí mismas. Muy normal.

Mujeres de hipocresía, con el closet lleno de disfraces para cada ocasión, lo admirable es esa sonrisa natural, tan bien puesta, respecto a lo otro: irreprochable. Pero cuidado que da cáncer.

Mujeres que aúllan cada 28 días, que se esconden y tres veces al día se ríen de sus propios péndulos de sangre. Que llueven acurrucadas a una almohada que a veces parece entenderlo todo. Mujeres melancolía, tan creativas.

Mujeres que corren con los lobos para poder encontrar su manada. Mujeres que de tanto borrar, suprimir, eliminar, terminan creando porque encuentran una forma que ya estaba ahí pero nadie más tuvo la valentía… la valentía. Mujeres valentía. Les pesa más lo que dejan que lo que llevan.

Mujeres de histeria, qué divertida es la noche con ellas.

Mujeres rompecabezas, mujeres la ficha que falta pero nunca encaja, entonces, van por el mundo repartiendo silencios, carcajadas y vacíos. A veces escriben, a veces obturan, a veces trabajan en un bar. A veces ondulan el cuerpo y saludan al sol. A veces no. Mujeres a veces.

Mujeres calle, cuyo timón es aferrarse a la copa porque les dijeron que algo estaba mal y se lo creyeron. Pero no era cierto ¡que alguien les diga! porque si taladraron paredes, si rompieron ventanas, si dinamitaron edificios era porque alguien tenía que hacerlo, pero no era cierto, nada estaba mal.

Las hay de vino y poesía. Las hay contracorriente, fascinantes, no se le puede mirar sin parpadear. Las hay también callejón sin salida.

Mujeres puente, que parecen charcos donde mirarse pero en las que se cae  para cruzar al otro lado. Mujeres de otros lados, de otros tiempos sin quienes…

Mujeres déjame que te cuente. Mujeres a mí también me ha mordido un perro. Mujeres lloré en silencio mientras me lamía las heridas pero sentí vergüenza de mi misma y me dije desde la otra esquina del baño “ya, paráte que podes solita” y claro la felicidad también es poder ir al centro comercial. Mujeres yo sé cosas, yo sé cosas de la vida. Mujeres que saben que 1 + 1 siempre es uno porque el egoísmo nunca es una opción. Mujeres de verdad que no necesitan defensa, ni segundo calificador.

Mujeres que admiran a otras mujeres. Mujeres que se deleitan con otras mujeres. Mujeres que agradecen que haya mujeres tan lindas, porque la verdad es que qué lindas son. Mujeres que humillan a las de su especie, pero ya aprenderán, ya aprenderán lo que ellas, no lo que ellos.

Mujeres de luz cálida, de habitaciones y cafés, medio solas, medio de todos; cuya barrera es tan solo una cortina que hay que saber deslizar.   Mujeres que se mueren cuando se enteran de que nos matan, de que nos violan, de que nos someten, de que nos encadenan a la pata de una cama. Mujeres que se apagan cuando las intimidan con una mirada, con la vulgaridad de una palabra mal intencionada, mal interpretada. Mujeres que dicen autonomía política, económica, ideológica y sexual de las mujeres.

Mujeres que han existido, pero nos las ocultaron. Mujeres que han quemado, desaparecido. Que siguen matando y desapareciendo. Mujeres que cuando escribían firmaban con nombre de hombre. Que vistieron pantalón sin dejar de ser Madamme.

Mujeres que saben que el statu quo comienza por casa y entonces el vestido, el escote, la falda, el viaje, el lsd, el sexo, la rebeldía, el aumento de sueldo, la vagina, la mirada fija, el aborto, la lactancia, la primera palabra, la idea brillante, la solución al problema que solo ella ve porque no somos iguales cariño, no somos iguales y la culpa no es mía.

Todas, todas estas mujeres por el precio de una, porque es la misma solo que hay días que se despierta sintiéndose distinta. Entonces, no se repite. Entonces no hay quien pueda pagar el precio. Porque sería desastroso que algo tan extraordinario como la luna pudiera comprarse. Y tal vez por esa misma razón -como escribió Guadalupe- “un día vamos a ser tantas, que no existirán la cantidad de bolsas suficientes para callarnos a todas”. Ni una menos porque somos una.

Por Agustina Guerrero

Por Agustina Guerrero

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