Irse sin tiquete de regreso, al menos una vez en la vida

-¿Cuánto dura el vuelo?

-12 horas y media… te confieso que tengo un poco de miedo.

-¿Por qué? -Porque nunca he estado tan lejos de casa

-No, qué va. Olvídate de eso. No puedes sentir miedo, llevas mucho tiempo preparándote para este momento.

¿Consistirá en esto la libertad?

El avión comienza a retroceder alejándose del puerto de embarque. “Soy libre” me digo y por segundos fantaseo con bajarme del avión y salir corriendo por todo el aeropuerto de San Francisco para comprar un tiquete hacia Colombia. Me reto a mí misma y escaneo mi interior en busca de emociones más satisfactorias que esta: estar aquí, girando en la pista, a punto de despegar hacia Corea del sur. Pero no. No la encuentro. No hay otro lugar donde quisiera estar más que en este avión rumbo a lo desconocido ¿consistirá en esto la libertad? (Fragmento de la libreta negra, 6 de noviembre de 2015)

La historia del viaje, en el que ahora me encuentro, no fue un arrebato de hace un año. Tampoco fue una consecuencia de haber renunciado y no haberme muerto de hambre en el intento, ni fruto de algún desocupe laboral o vital. Más bien es al revés, este viaje es algo que le ha dado cuerda a mi mundo desde hace mucho tiempo.

Vía Pinterest

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La historia de un viaje, siempre comienza mucho antes del viaje

La mía comenzó en 2008 cuando me fui a estudiar inglés a Londres por un año. Como colombiana, el cambio de moneda no me beneficiaba y tenía que trabajar mucho para poder vivir y poder viajar. Cada vez que tenía la oportunidad salía con mochila al hombro y muy poco dinero a conocer algún lugar nuevo.

Nunca había mochiliado pero sabía que era algo que me iba a gustar, presentía que era de esa raza, de los que llevan un mapa no solo como un papel más en las manos sino corriendo en alguna parte bajo la piel. En Europa lo hice varias veces y fui a lugares que nunca imaginé ver. Edimburgo, la capital de Escocia fue uno de ellos, y fue ahí,  en los alrededores del castillo de Edimburgo donde alguien, un desconocido que se hospedaba en el mismo hostel que yo, me lanzó una maldición: vagarás por el resto de tu vida con el insaciable  deseo e impulso de viajar, deambular y explorar el mundo.  

Vía Pinterest

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En realidad no fue así, pero es que hay conversaciones que son como una maldición o una bendición. Y esa lo fue. “¿Creés que la vida consiste en un solo guión: nacer, estudiar, trabajar, reproducirte y morir? Se puede hacer distinto ¿sabes? Hay tantos guiones como seres humanos en el mundo” me decía a mí, que nunca nadie a los 19 años me había hablado así.

Y pasó el tiempo y sigo pensando que sí. Que desde niños hay un montón de información que nos condiciona. Educados para ser personas útiles, es decir, personas que produzcan y consuman aquello que producen incansablemente. Nada más. Somos una serpiente que se muerde la cola y a veces, ni se entera. No creo que a todos nos corresponda asumir la misma idea de éxito, es una cuestión de personalidades, por supuesto.

Para mí, por ejemplo no es una cuestión de engordar la cuenta bancaria sin cesar. Digo que  hay que procurar tenerla alimentada para sobrevivir, para concretar una idea, para darse gustos o incluso para ahorrar con el objetivo de hacer un viaje. En otras circunstancias será diferente: comprar una casa, un auto, un artículo de lujo; pero en cualquier caso requiere grandes cantidades de trabajo: hacerse cargo de un deseo y llevarlo a su destino. El verdadero éxito, consiste en concretar las ideas. Y no hay nada más satisfactorio que ese proceso.

Vía Pinterest

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Decidí entonces trabajar y ahorrar para embarcarme en un viaje cuya idea nació  allá, en esa conversación en Edimburgo hace 7 años. Me tomó un tiempo, y un camino lleno de curvas y escarpadas pero resulta que ahora escribo esto desde Seúl, la capital de Corea del sur, mi primera estación. Así que puedo decir, sin temor a arrepentirme que me salió bien, que tuve éxito, que concrete la idea aunque  no sepa  cómo voy a volver.

Alguna vez leí una Guía de viajeros que  decía que  si bien al viajar son importantes la fechas, y es esencial, nombrar el paso del tiempo -decir el lunes vamos allí y el jueves allá- támbien es cierto; que al escribir un viaje hay que hacer que el tiempo se mueva con uno  hacia afuera  y  hacia adentro (porque vamos coleccionando recuerdos a manera de equipaje).

No compré tiquete de regreso por dos razones: No me alcanzaba el dinero y no sé bien cuándo quiero volver; si en tres meses o seis.

No tener un tiquete de regreso no significa necesariamente que no piense volver nunca, no tengo unas raíces tan móviles. Significa viajar lento para poder decidir qué mirar. Significa evitar llegar a un aeropuerto con la sensación vacacional de “quiero más”. Significa no ir al aeropuerto para regresar sino  para ir aún más lejos. Y para ello, por supuesto, tienen que gustarte mucho los aeropuertos. Vivir la cotidianidad en tránsito me hace sentir como una historia al azar, pero al mismo tiempo tengo la inexplicable intuición de que hay un montón de momentos, lugares y personas que se han estado tejiendo para mí y yo para ellos, para nuestro encuentro.

Ahora mi vida pesa 11 kilos

Por el tiempo que decida estar, mi maleta será mi mejor y mi peor enemiga porque es el hogar y está llena de renuncias y de una precaria comodidad: los libros que no estuve dispuesta a dejar, las libretas para escribir el presente y algunas cosas que podré necesitar. Pero es también el recuerdo permanente de la distancia, de los kilómetros recorridos y sobretodo, de lo que se deja atrás. Aquello que no se rompe sino que va atado a la maleta  como una cometa. Eso, también pesa. c

La niebla, pienso en la niebla

Dijo Oscar Wilde que la mismísima esencia de la aventura es la incertidumbre. Un barco que se encuentra en un puerto es un barco seguro, pero para eso no están hechos los barcos. Dicen que el principio básico de todo cambio es cuestionar lo que uno cree y eso asusta. Creo que en una gran medida, un viaje sin tiquete de regreso lo cuestiona todo: los lazos afectivos, los hábitos, los gustos, lo que uno cree son sus necesidades básicas, la manera de vestir y de comer. La propia resistencia.

Para el miedo hay muchos antídotos: un empleo fijo,  un seguro de vida, una cerradura, una alarma, una compañía que nos salve de la soledad. No sé qué antídoto podría servir para que deje de tener miedo porque aunque ya crucé el océano éste me sigue rondando cada noche.

El por qué

Hago esto porque lo tenía que hacer. Un latido del corazón que dicta cosas que debo atender. No estoy dispuesta a ser una persona infeliz.  No quiero que la muerte me agarre con los sueños intactos agarrados a un corcho de pared con un ganchito. Sin manosearlos, sin tocarlos, sin haberlos devorado. Si se trata de ser dueña de algo, de tener posesiones, pues ya está este viaje es mío, lo vivido no nos lo quita nadie.

El para qué

He decidio ponerle un nombre a mi viaje: Cosas que dan cuerda al mundo, tal vez para comprobar aquello que dice Murakami; que hay cosas, desde el canto de un pájaro, hasta seres extraños, que activan el mecanismo que hace girar este mundo.  Para comprobar en cada viajero que me regale el camino que en este mundo interconectado y de distancia relativas,  los solitarios y curiosos no somos una especie en vía de extinción.

Para comprobar que el espacio que miramos también nos mira. Para prestar atención, para estar ahí. Aquí. De ante mano sé que no encontraré todas esas cosas, que el arcoiris humano y los paisajes son infinitos. Pero me conformaré con fotografíar imágenes con un lápiz, fotografíar con palabras (como los Haikú). Hay tantos verbos que me mueven y me asombra pensar que al igual que amar, viajar es un verbo que incluye casi todo lo que me gusta. Sé también que mis raíces quieran tocar tierra firme dentro de algún tiempo, pero si al menos hallo algo, un lugar y su gente, la mirada de un perro, un amanecer a las 5:45 am (mi hora favorita), un ritual mágico religioso o un sabor que me renueve todo el cuerpo todo tendrá sentido porque tendré una historia  para contar.

Esta soledad me asusta y es preciosa. El vértigo me trajo hasta aquí, el vértigo que seduce. El vétigo quedespierta al mismo tiempo, deseo de caer e instinto de defenderse. Tal vez se trata de eso, de aprender a ser valiente.

“El proverbio europeo es falso; viajar no es ‘morir un poco’ sino ejercitarse en el arte de despedirse para así, ya ligeros, aprender a recibir. Desprendimientos: aprendizajes.” Octavio Paz.

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18 comentarios en “Irse sin tiquete de regreso, al menos una vez en la vida

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