Carta n°3: Uno se muere a cada rato

Querida Aniko, acabo de hacer llover. En cuanto comencé a escribir sonó el primer trueno. Hace tanto que no lo hacía que hasta el cielo lo notó.

Yo también cuando no escribo me vuelvo tóxica. Y cuando no bailo, cuando no hago el amor, cuando no hago ejercicio, cuando no viajo y me quedo sedentaria por varios meses; o cuando pasan los días y no encuentro motivos para reírme a carcajadas. Me lleno de emociones tóxicas, pero sobretodo, me vuelvo anticreativa.

A lo mejor, así te escribo esta carta (este blog se iba llenando de telarañas), como un intento de redención con la escritura, de liberación, de descarga. Como cuando pasas muchos días en la ciudad y de repente te vas al campo y pisas el pasto verde con los pies descalzos. Ay qué lindo es eso.

Últimamente siento que las cosas que tengo adentro me salvan y me destruyen constantemente. Lo que más me aterra es sentir que esas cosas brotan de mí y que además, a veces salvo y  destruyo a otros. Como un huracán. Todo eso sin darme cuenta.

La propia mierda es algo esencial

Me la paso buscando maneras de elogiar la cotidianidad, de encontrar belleza y significado en las cosas simples. Lo he hecho toda mi vida. Es como un sabueso que va olfateando lo más lindo de la vida, que tengo instalado en el cerebro.

Otras veces, soy el antielogio de la cotidianidad, el anticristo de las pequeñas cosas bellas de la vida. ¿Y sabes qué? ahí también me veo, en lo que no me gusta (en lo que detesto), quiero decir. Esa también soy yo. Y me veo tanto, oh sí. Sí que me veo.

Voy por la calle señalando la ignorancia, la falta de clase y buenos modales. Hay que ver como se me paraliza el nervio facial ante la gente que pregunta obviedades o que no lee la información que tiene frente a sus narices: no leen emails, ecards, pie de fotos con datos básicos, letreros en la calle.

Tendrías que ver cómo cierro los ojos y suspiro mantras ante la gente que se cola en las filas, que obstaculiza la puerta del metro o que suelta estornudos húmedos y sin contención manual que superan los decibeles permitidos.

Ni que decirte de mi vecino Bob el constructor que tiene un nuevo Hobbie con el taladro al llegar del trabajo. Fantaseo con entrar a su casa en pijama con unas buenas tijeras en la mano, contar el cable del taladro y salir en silencio.

Y bueno, ni qué decir de las bocinas, el ruido desconsiderado, la falta de sentido común, la gente que solo ve problemas y obstáculos, la gente que cree que conducir auto grande la hace inmune a las reglas de tránsito. No resisto la gente que lo sabe todo. No soporto la gente a la que hay que explicarle todo.

En la cumbre de mis desprecios están la victimización, las selfies con frases rebuscadas (cuantos grandes poetas deben estar revolcándose en sus despojos),  la frivolidad como estilo de vida, los influencers, la gente que hace famosa a la gente estúpida, la gente estúpida que es famosa, nuestra irremediable adicción al internet, los blogueros que venden fórmulas mágicas para ser feliz, el machismo, el feminismo de frase de camiseta, la hipocresía, la gente que usa camisetas de bandas que no escucha, que mi pc se ponga lento y el autocorrector de mi teléfono que hace que todo malga sal.

Está también el haber aceptado tener tarjeta de crédito, la idea de que hagamos lo que hagamos somos y seremos datos y algoritmos que google vende para que nos vendan, la gente que no cuestiona nada, la gente que cuestiona todo, y que me entreguen un café hirviendo y me queme la lengua ¡que alguien entrene al barista, por favaar!

Ufff lo encuentro todo tan poderoso. Tan mío, tan humano. La propia mierda es algo esencial. ¿No crees?

Lo que dicen la paredes de Buenos Aires

Ser tantas mujeres al tiempo, es lo más difícil de ser mujer.

Los ciclos son benditos pero a veces son tan intensos que yo misma termino cansándome de algunas versiones de mi misma y las miro y les digo: oye por qué no te tomas unas vacaciones. Estaremos bien sin ti. Dale. No, no te preocupes alguien más cubrirá tus funciones.

Louise Bourgeois la más grande escultora del siglo XX. Llamaba a esto  “Mis mujeres- cuchillo son como una lengua de dos filos: te amo, te detesto.” , decía. Hace unos años leí sobre ella y no puedo sacar de mi mente la imagen de un cuchillo de doble filo sobre mis manos: el amor y el amor al revés.  Un cuchillo que no sé muy bien cómo manipular porque puede destruir o crear, según el caso.

Uso ambos poderes sin manual de instrucciones. Creo. Destruyo.

En fin, acepta lo que pasa y vive todo lo bien y más creativamente que puedas, dice James Rhodes. Supongo que al destruir, también ejerzo mi creatividad.

Por supuesto, que creo que hay gente que viene a enseñarnos algo con su muerte, más que con su vida, como me preguntas en tu carta.  A veces pienso que la vida solo termina de darnos lecciones verdaderas cuando algo o alguien muere.

Creo además que hay muchas muertes a lo largo de nuestras vidas. La mayoría de veces ni siquiera nos damos cuenta. Pero si uno mira con atención su propia biografía, se da cuenta que uno se muere a cada rato.

La primera vez que me morí fue cuando tenía 7 años. Un taxi me atropelló mientras bajaba una avenida súper empinada de Envigado en mi bicicleta de la Barbie. El taxi golpeó mi llanta trasera. Volé unos metros sobre el suelo y caí de bruces contra el pavimento. Fue cuestión de segundos, aunque dicen que quedé inmóvil como por un minuto. Logré ponerme de pie y al volver al presente me di cuenta que estaba rodeada de un montón de gente.

Un vecino que iba pasando me cargó en brazos y me llevó hasta mi casa. Era una tarde de lluvia y antes salir, mi mamá me había dicho que no saliera en la bicicleta.

Si me tocas la frente puedes sentir el chichón en el lugar donde iría mi tercer ojo. Me gusta pensar que aquel accidente lo hizo salir un poquito. Una protuberancia que no se nota a simple vista. Aquel día reencarné en unicornio.

Desde entonces no he parado de morirme cada cierto tiempo.

A mis 16 años, uno de mis cuatro hermanos murió de un infarto mientras jugaba futbol. Ese día toda mi familia murió de alguna manera. Más tarde fuimos renaciendo uno a uno, pero aquel día algo cambió para siempre.

También creo que al morir –al trascender físicamente- dejamos algo nuestro en los nuestros. Hay algo de todos en cada uno. Suena raro pero -pese a ser muy amiga de mi hermano- cuando él se fue, lo conocí realmente.

A través de lo que me dejo supe quién era y por qué era cómo era: música, libros y un sentido del humor brutal, negro y fino que a veces no comparto con nadie, excepto con mis otros hermanos.

Podría hacerte un inventario de muertes.

La facultad de derecho me mató un poco. Acudí a ella en busca de lógica y respaldo intelectual. Me generaba un “efecto calmante” la estructura, el orden cronológico de todo y las clasificaciones que tenía que escribir en los cuadernos. Pero morí por ahogamiento y soledad creativa. No había allí cómplices ni referentes a quien admirar. Así que me maté y me fui a Londres.

Lo que pocos entienden es que uno mata una vida para empezar otra, como los gatos.

Hace poco morí por implosión, me puse a construir un montón de proyectos al mismo tiempo y ninguno se veía como quería. Así que dinamité todo y estoy diseñando los planos otra vez. ¿Vos te has muerto alguna vez? Imagino que sí.

“Buenos Aires es como contabas”

En tu carta me hablas de la sincronía. Adoro ese concepto.

Ir a Buenos Aires a visitarte y por fin conocerte en persona, dejar de comunicarnos a través de cartas y compartir hábitos, silencios y carcajadas; ha sido una de las sincronías más importantes que este año me da dado.

Gracias por eso.

Por sostener el hilo del otro lado.

Creo que no es fácil coincidir. Podemos contar con pocos dedos, las personas con las que realmente tenemos una sincronía vital. Creo que esas conexiones son oportunidades a las que, si nos disponemos, podemos otorgarles un propósito. Pero sobretodo, mientras ese propósito -sea cual sea- siga vivo, hay que alimentarlo.

Cada vez encuentro más difícil darle continuidad a mis relaciones de amistad. Es tan extraño.

Vivimos tan hiperconectados, que constantemente tenemos esa falsa sensación de estar al tanto de la vida del otro porque vemos sus stories en Instagram o le dimos like a las fotos de su más reciente viaje.

Pero cómo cuesta coordinar para un café. Cómo cuesta preguntar cómo estás, y sacar el tiempo para escuchar la respuesta larga de esa pregunta.

Cómo cuesta sincronizar nuestros tiempos. Sincronizarnos.

Creo que las sincronías son pequeños milagros que ocurren a diario, y a veces ni nos damos cuenta. Días pequeños, con sus pequeños, diminutos actos de magia.

Hay días que veo señales en todas partes ¿Te ha pasado? Mientras más pasan los años, más se arraiga en mi interior una relación atenta hacia la casualidad. Un tipo de fe, quizá.

Por eso, celebro tanto, alimentar esta complicidad creativa que hemos manifestado. Son cosas que me conmueven.

¿Cuándo fue la última vez que te conmoviste?

Mi reciente viaje a Buenos Aires, me ha conmovido bastante. Me gustan las expresión en inglés I’m moved o I’m touched. Me transmiten algo así como un movimiento geológico interno.

Mi tierra y mis mares han temblado un poco después de aquellas semanas en la ciudad de la furia. No hablemos de los paisajes. La ciudad es preciosa, impredecible. San Telmo, los cafés, las librerías. Ese oasis que es La reserva ecológica, Palermo, el arte callejero, la vida nocturna, el vino y la elocuencia de los argentinos.

Buenos Aires fue para mí pura sincronía.

Viajar para compartir, para dar talleres a personas que se abrieron a confiar en lo que teníamos para ofrecer. Sin pretensiones. Con la honesta intención de pasarla bien.

La sincronía de manifestar por fin, el sueño de viajar para trabajar en lo que amo hacer.

Viajar  también, para sentirme incompleta creativamente. “Ten más confianza en ti misma” me decían las esquinas. “No aplaces más tu compromiso con la escritura” me decían los gatos de La recoleta.

Algo me movió de Buenos Aires, el ver en todas partes gente que inventaba maneras de encontrar amplitud en el estrecho espacio rutinario de la gran ciudad.

Hay algo en esa transición de invierno a primavera: una invitación a inspirarse y confiar en medio de la espera.

{Este post pertenece a la serie “Cartas desde el otro lado del mundo”, un intercambio epistolar que hago con Aniko Villalba. Puedes leer su carta en su blog haciendo click aquí.}

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8 comentarios en “Carta n°3: Uno se muere a cada rato

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